Amplios sectores de la Capital permanecen desde esta madrugada sin energía eléctrica ni agua potable. Cayeron árboles, postes del tendido eléctrico y volaron quinchos y techos de viviendas precarias. Hay calles inundadas en la zona céntrica y nadie ofrece soluciones ni respuestas.
La dramática situación se presenta cuando aún no se terminaron de cuantificar los daños producidos por el temporal de la semana pasada, y en un marco habitual de indiferencia e inacción oficial.
Son miles los usuarios que se encuentran sin energía en sus hogares, mientras los funcionarios, muchos de los cuales pasean todavía entusiasmados con la carrera del Dakar, decidieron a fines del año pasado cederle 30 millones de pesos a EDECAT para que la firma pueda pagar sus deudas.
Si bien el viento y la lluvia son fenómenos naturales, la imprevisión reinante es directa responsabilidad del Gobierno, que desde hace décadas posterga o sencillamente omite la realización de obras de infraestructura básica, como la modernización de los desagües, red cloacales y calles, que no son capaces de tolerar una tormenta.
Mientras se dedican 100 millones de pesos a construir un estadio de fútbol que no responde a ninguna necesidad social sino apenas a un capricho personal, la Capital provincial se inunda sin distinguir domicilios particulares, comercios u hospitales, porque nadie se ocupó de corregir las falencias históricas.
Del mismo modo, las obsoletas redes de distribución de energía dejan a decenas de miles de familias a oscuras, no sólo porque no se genera lo mínimo como para abastecer el consumo, sino porque el sistema se desploma ante el primer inconveniente: en este caso es la lluvia y el viento, como unas semanas antes lo era la sequía y antes el frío.
La ciudad es otra vez un caos, y la situación se repetirá una y otra vez, en la medida que nadie se interese por mejorar la prestación de servicios y la calidad de vida de los catamarqueños.
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